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EL CORAZÓN DELATOR


Literariamente, conviene que los personajes sórdidos sean consumidos por la culpa y el remordimiento; y nadie en la historia de la literatura inglesa, ha logrado mejor que Edgar Allan Poe la consunción absoluta de un personaje en la más honda desesperación.

T
El Corazón Delator es un recorrido descendente; casi onírico, como un laberinto cuya única manera de transitarlo es hacia abajo, dónde las sombras son más y más densas.
T
Aquellos que así lo deseen, pueden recorrer junto a nosotros los lóbregos abismos del Remordimiento, el cual ha elegido, curiosamente, vestirse con las galas de un Corazón muerto, pero aún palpitante.

Esta historia está contada a través de los ojos de un demente,
quien, como todos nosotros, creía que estaba cuerdo.

 



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Carolina.



Caroline, Charles Nodier (1770-1844)


Una joven de dieciocho años, llamada Carolina, inspiró la más violenta pasión a un hombre de edad madura, y como a los cincuenta uno es, según se dice, más enamoradizo que a los veinte -aunque con muchos menos medios para complacer-, el herrumbroso pretendiente asediaba sin cesar a Carolina, que estaba lejos de corresponder a sus sentimientos. Pero esta muchacha cometió el más imperdonable de los errores: ponerle en ridículo y atormentarle, cuando debería haberse contentado con alejarse de él con frialdad y decencia. Al cabo de tres años de perseverancia por una parte y de malos tratos por la otra, el infortunado amante sucumbió a una enfermedad de la que aquel funesto amor fue en gran parte el origen.

Sintiendo cercano su fin, solicitó, como último deseo, que Carolina se dignase al menos ir a recibir su eterno adiós. La joven rechazó tajantemente este ruego. Una de sus amigas, que estaba presente, le dijo amablemente que haría bien en conceder este triste consuelo a un infeliz que moría por y para ella. Sus consejos fueron inútiles. Vinieron por segunda vez a hacerle el mismo ruego, añadiendo que el enfermo solicitaba ver a Carolina más por el interés de ella que por el suyo propio. Pero este segundo mensaje no corrió mejor suerte que el primero.

La amiga de Carolina, indignada por esta dureza hacia un moribundo, la acució con más energía y le reprochó su coquetería y malos procedimientos hacia un hombre a quien al menos podía ofrecer un instante de piedad como expiación. Carolina, cansada de tales impertinencias, consintió finalmente de muy mala gana y dijo: -Vamos, llévame a casa de tu protegido: pero sólo estaremos un momento, te lo advierto, no me gustan ni los moribundos ni los muertos.

Las dos amigas partieron finalmente. El moribundo, al ver entrar a Carolina, hizo un último esfuerzo y tomó la palabra con voz apagada:

-Ya no hay tiempo, señorita, -dijo- me habéis negado con crueldad la dicha de veros cuando os lo he rogado: sólo deseaba perdonaros mi muerte. A partir de ahora me veréis más a menudo que en el pasado. Recordad solamente que habéis tardado tres años en llevarme dolorosamente a la tumba... Adiós, señorita... Hasta esta noche.

Al acabar de decir estas palabras, que le costó un trabajo infinito pronunciar, expiró.

Carolina, presa del horror, huyó precipitadamente. Su amiga usó todos los medios posibles para calmar su extrema agitación. Carolina le suplicó que pasara la noche con ella. Dispusieron otra cama en la misma habitación, dejaron los candelabros encendidos, y las dos amigas, como no podían dormir, estuvieron mucho tiempo hablando entre ellas. De repente, hacia la medianoche, las luces se apagaron por sí solas. Carolina exclama con terror:

-¡Ya está aquí! ¡Ya está aquí!

Su amiga, que sólo oye ahogados suspiros, seguidos de un profundo silencio, reúne sus fuerzas y llama arrebatadamente; acude la gente de la casa, intentan encender los candelabros, pero es inútil. Al cabo de un cuarto de hora, que transcurre en medio de mortales angustias, suena el reloj. Carolina lanza un profundo suspiro, como alguien que sale de un largo sopor. Las velas se encienden solas; la gente de la casa se retira, y Carolina, con una voz agonizante, dice:

-¡Ah! ¡Por fin se ha ido!
-¿Lo has visto entonces?
-Sí, y estoy totalmente segura de que cumplirá sus amenazas.
-¡Y qué! ¿Te ha hablado?
-Esto es lo que acabo de oír: durante tres años vendré todas las noches a pasar un cuarto de hora con vos. Por lo demás, estad tranquila, no os haré ningún daño; limito mi venganza a obligaros a ver cada noche a aquel a quien habéis llevado a la tumba a causa de vuestra imprudente conducta.

La amiga, que no sentía mucha curiosidad por ver repetirse la misma escena, se negó a pasar las noches siguientes con Carolina, quien le reprochó que la abandonase a un vampiro.

Las visitas nocturnas continuaron. Carolina, bella, rica, dueña de sus acciones, y con veintiún años, quiso casarse con la esperanza de alejar al fantasma; pero el rumor de las apariciones hizo desistir a los pretendientes. Sólo uno, un gascón, llamado Señor de Forbignac, se presentó y se ofreció como esposo. La necesidad le obligó a aceptar; pero al día siguiente de las bodas (sin que llegara a saberse cómo había transcurrido la noche) el gascón desapareció con la dote y muchas joyas que no formaban parte de ella.

La amiga de Carolina, sensible a tantas desgracias, acudió junto a ella, la consoló lo mejor que pudo y la llevó a un lugar donde concluyó tristemente su penitencia. Pasados los tres años, su vampiro le anunció al fin que ya no le vería más; y cumplió su palabra. Una lección tan severa suavizó su carácter. La muerte del Señor de Forbignac, que tuvo la honestidad de no volver, dejó libre a Carolina para que pudiera casarse de nuevo, y esta vez encontró un esposo que la hizo totalmente feliz.

Charles Nodier (1770-1844)

Buenos Aires nocturna.

Buenos Aires no duerme, no descansa; apenas se repliega sobre sí misma, y reflexiona. Sus noches no son una sucesión de instantes, sino algo sólido e inmóvil. Los pasajeros diurnos se encierran en sus cuevas, ignorando alegremente la vida que se desarrolla afuera. Conjuran sus temores con luces y sonidos: hablan, beben, ríen, sueñan, odian; pero nunca logran silenciar del todo esa inquietud que emerge cuando la penumbra se adueña de la asfalto.

Así pensaba el pibe, mientras su garganta era abrasada por la ginebra. Él también era parte de esa fauna nocturna. Conocía sus costumbres y sus reglas: sabía cuánto tiempo era prudente sostener la mirada de otro, sabía cómo simular una borrachera cuando caminaba por ciertos barrios orilleros, conocía la cadencia oportuna al hablar; en resumen, sabía sobrevivir. El hecho de llevar cuatro años viviendo de lo que la Noche le ofreciese, lo atestiguaba claramente.

El bar estaba casi vacío; sólo había cinco personas además de él: dos hombres jugaban al pool en una mesa ruinosa, un viejo apoyaba su cuerpo esquelético sobre la barra; y una mujer, horriblemente arrugada, tambaleándose entre las mesas y murmurando vaya a saber qué sórdidas letanías. Sobre todos ellos reinaba la mirada satisfecha del barman.

-Otra. -dijo el joven.

El barman se acercó.

-¿Podés pagarla?

El joven escarbó en los pliegues de sus bolsillos, sacó varios billetes, y dejó uno sobre la mesa.

-Dejá la botella.

El hombre obedeció, mientras el muchacho contó los billetes restantes antes de guardarlos. Uno de ellos estaba manchado. Sangre. La perfecta huella de una gota descansaba sobre el ojo derecho de un prócer financiero, transformando la mirada augusta en un gesto obsceno, un guiño de complicidad que le revolvió el estómago.

"Cómplices", pensó, mientras vaciaba el vaso.

La ginebra ya comenzaba a adormecer sus temores. La noche no había sido buena, en realidad había sido desastroza desde cualquier punto de vista. ¿Porqué la puta no quiso soltar la cartera? ¿Porqué gritó? ¿No conocía las reglas, esas convenciones tácitas que cualquier ciudadano temeroso observa religiosamente?

Le dolía la muñeca. No recordaba cuántas veces la apuñaló. El dolor vino después, como los ecos sordos de un palpitar monótono. Recordó algunas acuchilladas cinematográficas y rió. Penetrar la piel de alguien con una navaja es entrar en un estado de gracia; un arrebatamiento sublime e infernal, el ritmo no se mantiene, sino que se acelera. Los gritos de la víctima se mezclan con la sangre que brota de los pulmones, transformando los gemidos en verdaderos aullidos líquidos, viscosos; y a medida que la vida se desvanece el furor de la penetración aumenta.

Sirvió otro vaso, "el último", pensó, sabiendo que mentía.

-Todos son el último.

La voz venía desde la derecha: era la vieja. Extrañamente, ya no se tambaleaba entre las mesas, sino que estaba firmemente plantada, como un árbol soberbio que ha visto demasiados inviernos, pero que se resiste a abandonar su porte noble. Lo observaba, los ojos marrones fijos en los suyos, inmóviles y fríos. Esperaba una respuesta.

-Así parece. -dijo el muchacho.
-Siempre me parece estar tomando el último trago. Bah, supongo que podría decirse que siempre es el último. Nunca se sabe, a lo mejor mañana pasamos para el otro lado y chau, se acabaron las ginebras, las cañas, todo. ¡Hay que aprovechar, pibe!
-Si, claro...
-No se deje ahogar por las penas, querido. -siguió la vieja- Una minita que no vale dos mangos y usted se pone así. Vamos, no sea dramático, parece un actor de radioteatro... esos de los martes, no sé cómo se llaman. El amor es pan para hoy y hambre para mañana...
-No es amor, abuela. -la interrumpió.
-¡Qué carácter podrido tiene el señorito...! ¡Che, Carlucho, mirálo a éste!

Carlucho, es decir, el anciano inclinado contra la barra, hizo un gesto con infinito cansancio; como un muñeco manejado por un titiritero carente de gracia.

-¡Hay que bajar los humos, eh! -exclamó la vieja-Que acá somos todos cómplices...

Un temblor lo sacudió, en la medida que algo podía sacudirlo con cinco vasos de ginebra encima.

-Cómplices?
-¡Che, Carlucho, mirálo a éste! No sabe nada. Ahora los mandan así, medios pelotudos.

Ésta vez Carlucho no se movió, su voluntad estaba aniquilada. La vieja se sentó frente a él, y saboreó las palabras antes de vomitarlas.

-¿Vos sabés quién sos, pibe?
-Vamos, abuela, déjese de...
-¿Sabés lo que hiciste?

El joven la miró a través de la niebla del alcohol. Los ojos de la vieja no parpadeaban, y no cedían; lo escrutaban con la astucia del que sabe la respuesta a sus propias preguntas.

-No hice nada.
-Nada...¿Estás seguro, pibe?

El joven trató de reunir toda la voluntad de la que era capaz para darle a sus palabras el tono de la verdad. El esfuerzo fue inhumano, la muñeca le latía y la cabeza le daba vueltas. En los ojos de la vieja se reflejaba una imagen: una mujer se debatía en el suelo, aferrada a su cartera, la sangre brotaba de sus labios como una fuente; las palabras eran ahogadas, entrecortadas.

-Nada. -dijo.

La anciana lo observó durante un instante que se extendió como una substancia pegajosa. Luego se reclinó hacia atrás en el asiento; los brazos le colgaban a los lados del cuerpo, simples pellejos que cubrían unos huesos marchitos.

-Está bien, pibe. A mí también me costó un tiempo darme cuenta.

Se apagaron los pocos sonidos que provenían de la mesa del fondo. No los vió directamente, sino apenas por el rabillo del ojo: los hombres habían dejado los tacos sobre la mesa, y ahora lo observaban.

-¿Darse cuenta de qué?
-De dónde estaba. Al principio puede desorientar porque uno medio que pierde la noción del tiempo, pero al final te acostumbrás. No es tan malo, al menos acá adentro. Afuera es diferente. Afuera nos esperan Ellos...

El joven oía las palabras, las interpretaba, y sabía que sólo eran los desvaríos de una vieja alcoholizada. Sin embargo, un temor negro y abyecto se agitaba en su interior. Algo que no podía describirse claramente, pero que se percibía con toda la intensidad de la realidad.

-Quédese con la botella.

Salió. El aire helado le bañó el rostro.

Caminó por una calle desierta. Tétricos charcos de luz iluminaban alternativamente el asfalto. La Noche familiar no lo tranquilizó. No es fácil callar los gemidos de los muertos.

Pasó por un portón verde y se detuvo. Adelante, allá en la esquina se veía la figura de alguien recortada contra la luz de un farol.

La idea de dar un rodeo le pareció absurda, al igual que sus temores. Dio el primer paso, y se encaminó hacia la esquina, hacia la Sombra.

A medida que se acercaba sus músculos se fueron tensando, preparándose para actuar en el caso que sea necesario. Cada paso que daba le daba mayor textura a la figura de la esquina. Lo que al principio le parecía una figura inmóvil, no lo era en realidad. No avanzaba ni retrocedía, pero era evidente que se movía. Apuró el paso, más para barrer sus temores que por verdadera valentía. Deseaba con toda su alma llegar y ver que se trataba apenas de un hombre, o un demonio, o lo que fuera; pero que dejase de ser una Sombra.

Cuando estuvo a unos treinta metros, su mente ya sospechaba la verdad. Resignado, se acercó, y los vió.

En principio, no había una figura, sino dos. La primera esgrimía el infame filo de una navaja, mientras la segunda se debatía aferrándose a una cartera. Oyó los gritos, una sinfonía desgarradora que rogaba clemencia entre las burbujas de sangre que vomitaba; y vio los ojos del Otro; duros y secos como los de un muñeco de cera. Ojos muertos, animados por una voluntad perversa, por una entidad que se nutre con los gritos que provoca.

La mujer sí lo miraba a él, espectador fantasmal de un recuerdo. Los ojos gritaban más que su boca, desencajados, húmedos; y él a su vez no podía bajar la mirada. El rostro de la mujer fue adquiriendo lentamente un tono azulado, las heridas sangraban menos mientras el Otro abría otras nuevas, preso de un furor insaciable. La carne lacerada ya no palpitaba, pero los ojos seguían fijos en él, inmóviles. Creyó ver su sombra en ellos.

Se alejó, ya sabía cómo terminaba la escena.

No se sorprendió de que cada esquina repitiese la misma espantosa secuencia. Pensó de quién se ocultaría la vieja del bar. Seguramente, le sobraría el tiempo de averiguarlo.

Encaminó sus pasos hacia el bar, único refugio de esa eterna repetición de horrores que llamamos infierno.

Buenos Aires no duerme, ni siquiera cuando es el escenario de una pesadilla.

Aelfwine.

LA NOVIA DE CORINTO :: LEYENDA

ABEL :: CAIN :: SET



Es conocida la historia de Caín y Abel: por envidia, un hermano mata al otro, al ser rechazada por Dios su ofrenda. En el Sagrado Corán (5:27-32) se narra esta historia sin nombrar a los protagonistas, pero la tradición islámica los llama Qabil y Habil.[1] La interpretación literal queda explítica en el mismo Libro: tomar la vida de un inocente es un crimen tan serio como causar la muerte de toda la humanidad, y salvar la vida de una sola persona es tan meritorio como hacerlo por todos los hombres. Otro de los hijos de Adán, Set (con él sea la paz), completa una situación cuyo simbolismo presentare brevemente.

Caín, Abel Y Set

La ofrenda de Caín es rechazada porque su intención es egoísta, y actúa con avaricia y por envidia. Alardea con arrogancia, presumiendo que su condición de primogénito le otorga automáticamente la aceptación y el favor divinos.

Abel, por el contrario, hace su ofrenda con amor y por eso le es aceptada: "Por cierto que Allah acepta [el sacrificio] de los rectos" (5:27).[2]

Set es quien hereda los conocimientos más profundos de su padre Adán y su categoría de "Prueba de Allah sobre la Tierra", que está ejercida en toda época.

Abel es un alma ingenua, ejemplo del hombre que hace el bien espontáneamente. Se halla en la "fitrah" (condición primordial humana, en la cual sus cualidades existen en potencia) y mantiene una conducta moral primaria, pero no ha desarrollado un conocimiento metafísico. Sin embargo, no es éticamente ignorante: como leemos en el Sagrado Corán, él sabe que Caín actúa bajamente, y condena su accionar, advirtiéndole las consecuencias nefastas de su proceder. Pero se desentiende de la conducta de su hermano, no le enseña con el ejemplo, resistiéndose; no reacciona dándole lo justo, que sería "impedirle oprimir al opresor", como indica Muhammad (BPDyC). Y ésta no es la conducta de los profetas (con todos ellos sea la paz). Un profeta predica porque le interesa la felicidad del otro. Así, Abel asume su papel de oprimido, representando a los "Abeles" pasivos de todas las épocas que siguen las leyes morales y son víctimas de los poderosos injustos.

Caín tiene inteligencia, desarrolló su capacidad, aparenta ser sabio. Pero es el arquetipo del individuo que pretende dominar a los más débiles en las sociedades. Es el gobernante o el sacerdote o el gremialista o el simple padre de familia que abusa de su ascendiente; la experienia diaria demuestra que es el tipo de persona que predomina en la tierra. Su falla moral lo conduce a oprimir y a utilizar al resto de los hombres. Ni siquiera es imprescindible que tenga poder fácticamente: si no lo tuviera pero pudiese acceder a él, también oprimiría. De no existir esta categoría de personas, si no existiera Caín, no habría prueba.

Set es el modelo del sabio, perseguido como lo fueron los demás profetas . Debe callar y ocultarse para su protección, pues está amenazado de muerte por Caín, real o virtualmente. Su simbolismo es el de representar la autoridad espiritual. Apenas tiene seguidores, porque en la sociedad la mayoría de los hombres es vil (káfir) o negligente (gáfil).
T
La importancia de Set

Los hombres no podrían guiarse si Allah no los guiara. Ibrahím reconoce en el Sagrado Corán: "Si mi Señor no me guiara, sería sin duda de los extraviados". (6:77)

La Guía que envió Allah consiste en dos cosas importantes: La Revelación -personificada en el profeta que la transmite- y "los que poseen autoridad entre vosotros", como los denomina el Sagrado Corán (en 4:59, o en 4:83). Cada profeta -en este caso Adán- tiene sucesores o albaceas -como Set- que mantienen vivo su mensaje; y que suelen ocultarse porque son acosados, practicando el secreto (en árabe "taqíah").

Pueden ejemplificarse con el sol y la luna: la fuerte luz del Sol, que ilumina a todos y que permite el crecimiento, representa a cada uno de los profetas que han enseñado a los demás hombres lo que les fue transmitido por Allah. Y la tenue y sutil luz de la luna -que es reflejo de la luz del sol- representa a los que tienen autoridad espiritual entre nosotros, y cuya enseñanza es, a su vez, transmisión de la enseñanza de los profetas, a la cual no contradicen en absoluto, por ser su "reflejo". En este sentido, así como los profetas asumen el Nombre de Allah "El Manifiesto" (az-záhir), los que ejercen la autoridad espiritual auténtica (después de la desaparición de los profetas), reflejan el Nombre "El Oculto" (al-Bátin). Y Allah sabe más.

La persecución

El que exista la persecución es un necesidad metafísica, desde Set hasta hoy día. Es perseguida la verdad, y todo aquello que Caín no quiere que se establezca. Siempre hay un pueblo perseguido y difamado por ser el exponente del Mensaje verdadero. Lo fueron los hebreos en Egipto, después los primeros cristianos, luego los unitaristas (que no aceptaban la Trinidad), hoy fácticamente los palestinos o los libaneses, pero doctrinariamente todos los musulmanes.

La clave de la persecución es el Mensaje revelado. Las personas están en función del mensaje verdadero. En cuanto Caín logra su objetivo de adulterarlo, ese pueblo pasa de perseguido a persecutor. Esto ocurrió por ejemplo con la casta de sumos sacerdotes que persiguió a Jesús, siendo que ellos habían sido designados en su momento por otro profeta, Moisés, y a su vez habían sido perseguidos. Pero cuando deformaron el Mensaje debido a intereses secundarios, comenzaron a perseguir a los que mantenían la pureza original de la enseñanza.

Naturalmente, existen también persecuciones que nada tienen que ver con un mensaje o una enseñanza, sino que se producen entre "cainitas" (como las luchas entre narcotraficantes); y también persecuciones en las que la víctima es inocente (un "Abel"), pero no es perseguida por defender la verdad en alguna de sus manifestaciones, sino por cualquier otro motivo (como en el caso de un genocidio o matanza indiscriminada). Obviamente, esto no justifica dicha persecución.

Otra interpretación

Por otro lado, podemos identificar estas tres potencias dentro de cada ser humano: Abel es el alma ingenua, o la "fitrah" con escaso trabajo intelectual, el reservorio de las posibilidades a desarrollar. Caín, el "alma que ordena el mal" (12:53), que intenta aniquilar a la pura; el ego que escucha a Satanás[3]. Set, el intelecto no separado del espíritu, (`aql), que también está combatido por el alma inferior, por las pasiones que intentan ganar espacio en el ser humano a su costa. Entre estas dos últimas potencias -el intelecto o espíritu por un lado, y el ego o alma inferior por el otro- es que se libra el combate espiritual (yihád), la mayor "guerra santa" del Islam, que consiste en la lucha contra las propias bajezas.

Una tercera lectura

Puede analizarse la cuestión a la luz de los acontecimientos anunciados por los hadices para el fin de los tiempos. En este contexto interpretativo, Caín está personificado en el Dayyal o Falso Mesías, también conocido como Anticristo, en las fuerzas que le obedecen y en las que preparan su camino. Abel representa a todas aquellas personas rectas que padecerán al Anticristo, y acaso personificadas en aquel justo que -según las tradiciones- será asesinado por el Anticristo en público y luego resucitado, para alardear de su poder. Finalmente, Set está personificado en la persona del Mahdí, el Restaurador de la justicia y del conocimiento, "que llenará la tierra de justicia así como antes estuvo repleta de injusticia y maldad".
SÍNTESIS
Este es otro ejemplo de la cantidad de planos de interpretación -todos ellos paralelos, simultáneos y no contradictorios- latentes en el Libro de Allah. Son posibles más lecturas de esta misma historia. (Dijo el Mensajero de Allah, BPDyC, "El Sagrado Corán tiene exterior e interior, y su interior tiene [otro] interior, hasta siete interioridades".) Dado que la constitución y necesidades esenciales del ser humano no se han modificado, este tipo de relato -como toda otra enseñanza de origen sagrado- tiene validez en todo grupo cultural y cualquier época.

En resumen, Adán -el hombre primordial- aúna los tres aspectos nombrados, y de él derivan. La parte espiritual la hereda Set, la mundana la hereda Caín, y la sencilla e inocente, justa, cercana a la "fitrah" sin desarrollo, Abel. Los hermanos simbolizan tres fuerzas de la historia humana: los Abeles, que -aun pudiendo- nunca oprimirían; los Caínes, que oprimen con el mucho o poco poder del que dispongan; y los Set, los sabios. Pueden hallarse correspondencias con tres aspectos presentes dentro de un mismo individuo: la tendencia a hacer espontáneamente un bien, la tendencia a actuar con egoísmo, y el esfuerzo por encontrar sentido a la existencia.

Notas:

[1] Habil significa hálito o nadería, acaso por la brevedad de su vida. El significado de Qabil no es claro.

[2] Se acepta, en general, que Caín era labrador y presentó frutos, y que Abel era pastor de ovejas y ofreció sus mejores animales. Así consta en el Génesis 4:2-4. Sin embargo, existen tradiciones en las que Caín presenta rebaño (una ofrenda de alta categoría) y Abel frutos (que son de una categoría menor). "Pero resulta más coherente que Abel ofrezca animales para indicar su condición de pastor, como fue la práctica de los Profetas. Además, teniendo en cuenta que el sacrificio animal es una práctica consagrada por la tradición abrahámica, grata al Señor, es más lógico que la ofrenda de Abel fuese más acepta, por lo más importante de la intención, la cual debe equivaler al acto." (carta del imam Mahmud Husain al autor de este artículo, fechada en Buenos Aires el 16 de julio de 1996).

[3] Debe recordarse que en el Sagrado Corán (5:31) Caín se arrepiente explícitamente, al enviarle Dios un cuervo que escarbó la tierra para mostrarle cómo esconder el cadáver de su hermano. El cuervo simbolizaría aquí "el alma que se reprocha a sí misma" (SC 75:2), la conciencia de culpa. En la Biblia, el arrepentimiento de Caín podría derivarse de Génesis 4:13, "mi culpa [o iniquidad] es demasiado grande para soportarla". Y es doctrina firme del Islam que en el arrepentimiento sincero está ya implícito el perdón divino. Dijo el Profeta Muhammad (BPD y C): "El que se arrepiente de su falta es como si nunca la hubiera cometido". (Véase sobre el tema, del Imam Mahmud Husain, "El arrepentimiento y el perdón divino", Ediciones Luz de la Guía, Buenos Aires, 1995)




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LILITH Y LA LUNA NEGRA



Reflexiones Sobre Lilith Y La Luna Negra

I

Astronómicamente, la Luna Negra es un punto vacío. Es diferente de los nodos lunares, los cuales, como la intersección de dos planos, parecen representar un "encuentro", una "puerta". Pero el apogeo o el foco vacío son puntos solitarios.

Pensemos en los dos focos de la órbita lunar (en el caso exclusivo de la Luna Negra verdadera): existe una dinámica entre ellos, se están mirando uno al otro, como dos gemelos, aunque uno es físico y tiene peso (la Tierra) mientras que el otro esta ausente, es un fantasma, como representando una ausencia, un vacío, un ideal inalcanzable, o también como el vacío de la matriz. En este aislamiento, visto negativamente, la persona esta castrada, el inconsciente la envuelve (o la engulle). También se establece una dinámica entre la Tierra y "su fantasma lunar", la cual aparentemente resulta en profundas o importantes diferencia de reacción entre el hombre y la mujer. Los dos focos se ven entre si y se polarizan, la persona lucha contra su fantasma y su vacío.

El foco vacío y aislado es un punto de negación, de represión y fermentación, pero también de transformaciones mágicas pertenecientes al mundo fantasmal, nocturno y erotico-instintivo.

Contiene las energías instintivas, incluyendo la sabiduría y la clarividencia atávicas que dependen de las funciones corporales, energías que se encuentran en los profundo de nuestra psique (entre las cuales sobresale la sexualidad) y que se manifiestan en los cuentos de hadas y en el simbolismo lunar primitivo: la noche, el misterio, la magia, el peligro, el secreto, el miedo, lo prohibido, lo abismal o inalcanzable...

Como Hecate, La Luna Negra/Lilith es una "Reina de la Noche", que negativamente es demoniaca (magia negra) y vampiresca, y que positivamente se relaciona con la iniciación sexual y las transformaciones mágicas o metamorfosis del mundo astral o imaginativo, un mundo de sabiduría primigenia onírica o artística que se resiste a la racionalización... Por eso Lilith nunca esta completamente viva o despierta. Para eso se necesita el Sol.

II

Existen probablemente muchas asociaciones "lilitenses" modernas de la Luna Negra que pertenece mas bien al asteroide 1181 Lilit, o a centauros femeninos como Chariklo. Hablando astronómicamente, 1181 es un asteroide social y comunitario, pero la Luna Negra no es un punto social. Siento que la separación de niveles es útil, y quizás el tema de la igualdad de los sexos, en tanto que se trate de las costumbres y valores cambiantes de una sociedad, se miden mejor con este asteroide.

En términos del arquetipo de Lilith, siento que se puede encontrar en diversos cuerpos astronómicos, cada uno expresando aspectos diferentes del arquetipo de acuerdo con su simbolismo orbital. Soy de la opinión de que, por ejemplo, asociaciones propias de Lilith pueden encontrarse en Chariklo.

La Luna Negra se relaciona con la emancipación de las mujeres de su destino o compulsión de "úteros", con su liberación sexual. Pero la Luna Negra es un punto astronómico reactivo, un punto donde se concentra mucha energía pero que no puede "integrar" o producir una "liberación". Es mas bien como un caldero, o un pozo; jamas puede representar a una "mujer integrada". Es por esta razón por la que pienso que las transformaciones modernas de la leyenda hebrea que buscan la redención de la figura de Lilithprobablemente se ven mejor en otros cuerpos capaces de trascendencia (al contrario de la Luna Negra), tales como los centauros, y en particular Chariklo. He aquí mis palabras-clave preliminares para Chariklo:

matriarcado, la Reina de Espadas, pasiones maduras, tristeza, viudez, amores ilícitos, cuidar a los enfermos, al que esta muriendo, al débil, sobria celebración, emancipación y libertad moral.

Tomemos en cuenta que con los centauros pasa algo similar que con la Luna Negra, especialmente cuando nos concentramos en la "fragmentación" que, entre otras cosas, los centauros representan. Su acción puede resultar en una mayor y mas elevada integración del individuo, pero esta integración, en mi opinión al menos, no la realizan ellos sino otros planetas, especialmente el Sol y Júpiter. El Sol es el que representa a la individualidad espiritual. La Luna Negra, el foco vacío (o el apogeo) de la órbita lunar, o asteroides que "flotan" en el sistema solar como los desechos que trae el mar (es decir, los centauros, desde cierta perspectiva), jamas podrían representar la integración.

(existen otros cuerpos, con órbitas muy similares a la de Damocles --un "cruzador" planetario que se mueve entre Marte y Urano-- y mejor conocidas que las de los centauros, que aun no han recibido nombre y que parecen buenos candidatos para encarnar los aspectos rompe-tabus y rompe-prejuicions de las transformaciones modernas, para bien o para mal, de Lilith, aquellas que intentan despojarla de su carácter demoniaco pero que también son capaces de llegar a extremos como los del feminismo a ultranza).

III

Desde mi punto de vista, el nivel en el cual la Luna Negra (no necesariamente Lilith!) funciona es muy primigenio y proviene de la sexualidad y las energías corporales, las energías lunares primitivas (lo que no es lo mismo que "genitalidad"), mientras que el asteroide 1181 Lilit esta mas enfocado en asuntos comunales y sociales. La Luna Negra se relaciona con el pasado, con los orígenes, con la "madre uroborica".

Psicológicamente, el simbolismo tradicional de Lilith pertenece al arquetipo materno, especialmente en sus manifestaciones de "madre terrible". Veamos unas cortas citas de Carl G. Jung, tomadas de su ensayo "ASPECTOS PSICOLÓGICOS DEL ARQUETIPO MATERNO":

Esto se ve como una buena descripción de Tchaikovsky, en quien --siento yo-- el involucramiento de Marte produjo la castración. La siguiente cita de otro jungiano (Eric Neumann, en "The Origins and History of Consciousness") parece una de las modernas descripciones de Lilith:

Una manera de ver las manifestaciones mas negativas de esto, tomando en cuenta la "negación" y el "vacío" del foco vacío de la órbita lunar, es que la Luna Negra es una reacción en contra del rol reproductor y materno que encadena a la mujer y la deja "vacía: como persona. Lilith puede verse como el polo opuesto de este tipo de mujer, el cual es una reacción a las diversas fuerzas primitivas que intentan castrar a la persona.

IV

Vemos con frecuencia que las asociaciones negativas o demoniacas tradicionales de Lilith se rechazan como mero resultado de la superioridad y el ego masculinos de la cultura judeo-cristiana. Pero, en mi opinión, esto no cambia el hecho de que existen todavía muchos demonios interiores tanto en la mujer como en el hombre, y de que el mundo de la noche con todo su misterio y su magia siempre existen, si bien la oscuridad tiende a encontrarse ahora en áreas diferentes a las del pasado.

En lo personal, creo que actualmente tendemos interpretar de manera equivocada muchas de las antiguas tradiciones y leyendas porque pensamos que se refieren a un mundo como el nuestro. Pero lo cierto es que el ser humano anterior al Iluminismo o al Renacimiento poseía una clarividencia y sabiduría atávicas -relacionadas en ocultismo con las fuerzas oscuras de la Luna y el Sol-- las cuales les permitían percibir muchas cosas que para nosotros ya no es posible percibir. La Luna Oscura o Luna Negra, debido a su simbolismo astronómico, en mi opinión es un excelente representante de este nivel de la realidad, el mundo que esta del otro lado del corazón, el mundo crepuscular de la "dimensión desconocida"

Los murciélagos representan esto muy bien, al igual que las gárgolas, entre muchas otras cosas. La Lilithdemoniaca o vampiresca y sus diferentes disfraces --haciendo a un lado la actitud de muchas feministas que pretenden eliminar por completo su parte demoniaca-- es una figura mitológica que se adapta muy bien a este simbolismo... con lo cual no estoy diciendo que la Luna Negra es *solamente* eso. Todas las interpretaciones psicológicas modernas del folklore demoniaco y mágico antiguo son la otra cara de la misma moneda, para bien o para mal.

Ni la castración ni la sexualidad se limitan a la genitalidad. Especialmente desde el punto de vista mitológico de Lilith, asociada con la historia del Génesis, donde la sexualidad marca el comienzo de la conciencia (yo siento que Lilith se relaciona profundamente con lo femenino del hombre y los masculino de la mujer, como uno lidia con eso). Los "demonios" hoy día son tratados de manera diferente, mas como proyecciones sociales y psicológicas, pero eso no significa que no existan o no operen en los hombres y mujeres, o que no estén fuertemente relacionados con la sexualidad, al igual que lo esta la conciencia. Todos tenemos nuestras noches interiores, nuestro mundo nocturno, y yo nunca perdería de vista este simbolismo de la noche en lo que respecta a la Luna Negra.

"Demonios", "castración", "oscuridad", "vampirismo", súcubos e incubos, y todas las otras manifestaciones de la "madre terrible" asociadas con el aspecto maligno demoniaco de Lilith son parte activa de la psique tanto de hombres como de mujeres, que aparecen hoy día bajo numerosas formas y circunstancias; y el simbolismo de la "Luna Negra" o "Luna Oscura" es un excelentes símbolo astronómico-astrológico para eso. La Luna Negra pertenece al mundo de la oscuridad de la matriz, con toda su aterradora ambivalencia.

Quizás es aquí donde el rol de los asteroides "lilitenses" se vuelve importante. Ellos pueden representar niveles superiores de la función de Lilith, desde los Hekates y Lilits de la banda principal trabajando en el nivel comunitario y social hasta los centauros femeninos quebrantadores de la ley y transgresores morales, dandole al arquetipo Lilith la oportunidad de liberarse del vacío uterino de la órbita lunar y hacerse realmente cósmico.

Con la comida no se juega




Sangre dulce, llena de calor, así es este manjar que me llena de vida, es como una droga que me hace sentir tan bien... con tanta fuerza… que quiero gritar lo que soy y lo que siento. Pero no, no puedo, somos una especie oculta, nadie debe saber nada sobre nosotros. Si nos descubrieran nos tratarían como animales de laboratorio, con pruebas y más pruebas.

¿Y si tuviera un amigo humano? No… no te puedes fiar de ellos, no saben guardar secretos. En cuanto lo sepa uno, lo sabrán todos.


Además, con la comida no se juega.

Autora: Samantha Alucard




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El canto del vampiro




No perturbes el silencio de los muertos
arranca de tu alma ese triste deseo
ser criatura de las eternas simientes
oscuridad que emana la noche silente

olvida mi rostro anclado en la muerte
donde los eternos peldaños del abismo
suspenden sus últimos alaridos
hilvanados con el halo de un siniestro suspiro

y en ese réquiem de las almas infinitas
solo ansió el retiro en tus carnes trémulas
donde las lagrimas sacuden tus risas
en el inicio de esta siniestra fabula

al anochecer del término y del nunca acabar
esa vena palpitante de tu hermoso cuello
me hará ser tu eterno seductor, y despertar
en la tierra maldita de los no muertos.

Autora: Arwen
 Derechos reservados




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La eterna vampira que me engañó



¡Mírame vampira, mírame!
Ve lo que has hecho, me engañaste, me sedujiste, me alborotaste, y así me dejaste.
Fuiste una bendición, que se volvió corona de espinas para mi mallugado corazón.

Yo, un mortal, que esperaba encontrarse con la bella vida mortuoria.
Y tú, la vampira que prometió amor, felicidad y que jamás sufriría de soledad.

Pero me tiraste en medio del camino, y solo quedo una efigie de nuestro amor condicionado.

Fría y seca dejaste mi alma por este incontable dolor, que enfrenté cuando me dejaste.

¡Oh dulce muerte, llévate todo este maldito horror!

Te llevaste mi talento y sueños, y me forjaste una vida de tormentos eternos.
Conociendo así, soledad, frio, sed y miedo al sol, cuyas heridas son las que dejo tu amor.
Con lagrimas carmín saliendo de mi razón, le rogué a los demonios que me quitaran tus uñas de mi espinado corazón.

Alzo una oración en pies de la tumba que es mi prisión, rogando a la muerte que un día venga y me lleve, para acabar con todo este dolor.

Estoy lleno de odio, con el alma partida y sintiendo un regusto de muerte en la boca, deseoso de encontrar una muerte piadosa, pero temeroso de arrojarme al astro diurno, pues no quiero sufrir y ser cenizas.

Eternidad mal intencionada, porque me engañaste, eras la niña de mi alma, la promesa de mi vida, pero te convertiste en una dolorosa monotonía.

Cegado por tus encantos, ignoré a ese inestable demonio, y te dejé morder mi cuello con esos rojos labios, sentí el rosar de esa fría piel, tan blanca como la nieve de ayer.

Bella mujer blanca,eternidad te hiciste llamar, me prometiste amor y solo obtuve soledad.

Besé tus labios, abrasé tu cuerpo, y sentí el calor de tu seno desnudo. Pero eso fue cuando lo hacíamos en los días dorados de ayer, cuando el sol rosaba mi rostro y sentía gozo al estar a tu lado.

Éramos amantes, una mezcla perfecta de amor y pasión.

¡Oh vida mía!, me pediste ser perfecto, y por eso permití que enterraras esos colmillos, aunque convertido a ti yo terminé.

Pálido marfil, y fieros ojos de réptil, eso fue en lo que me convertí.

Sediento de vida carmín, peleado con el sol y guarecido por la luna de papel.

¡Perfecto para ti!... pero aun así, no te vasto.

Me dejaste al final y la soledad me consumió.

Horas, días, años, todos perecieron, pero yo sigo esperando sumido en tormentoso horror, a que una muerte piadosa termine con mi amargo dolor.

Autor: Raphael Cañas




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Los primeros tiempos



Sueño los primeros tiempos
de la más larga memoria.
Canto los primeros tiempos
de todos más viejo Padre.
Canto los primeros tiempos
y el claro amanecer de toda la Oscuridad.

En Nod, donde la luz
del Paraíso alumbra
el azabache nocturno.
Y gotas de nuestros padres
mojan y ablandan el suelo.

De nos, todos y cada uno,
decidimos poder como
quisiéramos vivir y
coger nuestros alimentos
de las entrañas de la tierra.

Yo, primogénito Caín,
Con útiles puntiagudos.
Planté semillas oscuras,
las regué dentro de la tierra,
las cuidé, las vi crecer.

Él, segundogénito Abel,
cuidó de los animales,
ayudó en sus sangrientos
partos, los alimentó,
y también los vio crecer.

Yo lo amaba, a mi hermano.
Él, él era el más brillante,
el más dulce, el más fuerte.
Él era la prima parte
de toda mía alegría.

Entonces, en un día
de abril, nuestro Padre dijo:
"Caín, Abel, un regalo
a Aquél en lo Alto debéis
hacer, un sacrificio -
Un don de la prima parte
De todo cuanto tenéis".

Yo, primogénito Caín,
recolecté tiernos brotes,
y los frutos más brillantes,
y la yerba más fresca.

Y él, segundogénito Abel,
sacrificó el más joven,
el más fuerte, el más tierno
de todos sus animales.

Sobre el altar de nuestro Padre
posamos los sacrificios
y prendimos fuego so ellos,
Y el humo se los llevó
Hacia Aquél en lo Alto.

El sacrificio de Abel,
segundogénito, olió
dulce a Aquél en lo Alto,
y Abel fue bendecido.

Yo, primogénito Caín,
fui golpeado desde lo lejos
por una severa palabra
y una maldición, pues indigno
resultó mi sacrificio.

Miré el sacrificio de Abel,
todavía humeante,
la carne, la sangre.
Lloré, me tapé los ojos,
Oré de día y de noche.

Y cuando nuestro Padre dijo:
"El tiempo del sacrificio
ha llegado ya de nuevo".

Y Abel condujo su más joven,
su más tierno, más amado
Hacia el fuego sacrificial.

Yo no llevé mi más joven,
mi más tierno, pues sabía
que Aquél en lo Alto
De ningún modo los querría.

Y mi hermano, querido Abel,
Me dijo: "Caín, no has traído
un sacrificio, un regalo
de la prima parte de
tu alegría, para quemarlo
en la ara de Aquél en lo Alto".

Yo lloré lágrimas de amor
cuando, con mis útiles
puntiagudos, sacrifiqué
aquello que era la parte
primera de mi alegría,
Mi hermano.

Y la Sangre de Abel
cubrió el altar, y olía
dulce mientras ardía.

Pero mi Padre dijo:
"Maldito estás, Caín,
quien mataste a tu hermano.
Como yo fui expulsado,
Así lo serás tú".

Y Él me exilió
a vagar en la oscuridad,
la tierra de Nod.

Me precipité en la Oscuridad,
no vi ninguna luz
y estaba asustado.
Y solo.


(Texto extraído de "El Libro de Nod" , concretamente del capítulo titulado "La crónica de Caín")


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Odio este pueblo...






¡Sed! ¡Tengo sed! ¿Por qué en este maldito pueblo no hay nadie que tenga una sangre limpia y fresca? Todos son viejos pueblerinos llenos de enfermedades…
Creo que ha llegado la hora de volver a la gran ciudad, esto de 
esconderse en pequeños pueblos, no tiene el menor sentido. 

Echo de menos las fiestas, las reuniones, y los dulces sabores que siempre podía encontrar. Aquello sí que era una buena vida, digo, muerte.
 He pasado noches espectaculares en buena compañía, por eso nunca eché de menos a mi sire, pero ahora… ahora necesitaría su sabiduría para que me ayudase a sobrevivir.
Decidido. 

Vuelvo a la capital, pero no a mi ciudad natal, iré a otra, un lugar donde nadie me conozca, donde yo tampoco conozca a nadie… me apetece descubrir por mí misma, hasta dónde llegan mis habilidades cainitas.


Autora: Samantha Alucard





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Mi problema con la bebida (3/9)



En el fragmento que os traigo hoy de Vampiro, La Mascarada, está la frase que tengo al principio de mi blog. Seguro que la identificáis enseguida.

En realidad, lo esencial del asunto es que beber sangre no sólo me permite perpetuar mi existencia, sino que me procura una sensación distinta a cualquier cosa que pueda ofrecer este mundo. ¿Cómo es? Querida, las palabras no pueden describirlo. Imagina beber el más exquisito champán y la sensación del coito más sensual que hayas tenido, súmale el éxtasis del fumador de opio al darle la primera calada a la pipa, y puede que empieces a hacerte una mínima, infinitesimal idea de lo que se siente al beber la sangre del ganado… disculpa, de un ser humano vivo.

Los drogadictos modernos mentirán, robarán y matarán por sus pequeños viajes al Cielo: el mío es mejor, y además me hace inmortal. ¿Puedes imaginar lo que haría para saciar esa hambre? No te molestes en hablar de posibilidades; la verdad es peor de lo que puedas pensar. Y se me considera un caballero entre los de mi especie.

Ahora hazte una idea, si puedes, de algunos de mis parientes, los que no son tan educados como yo.
 Son capaces de cometer (y cometen) actos en los que prefiero no pensar.

Y aquí estás, pobre mortal, descubriendo lo frágil que es tu existencia.

¿Empiezas a asustarte? Deberías.

(Fragmento extraído de Vampiro, La Mascarada)




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Comienzos (2/9)



Supongo que deberíamos empezar por lo básico. En efecto, soy un vampiro, llevado a tal estado de la existencia en el Año de Nuestro Señor de 1796 por una mujer que me fue presentada como, comillas, “dama de la noche”. El caballero que nos presentó (uno de sus sirvientes, según descubrí más tarde) tenía un extraño sentido del humor.

Pero me estoy desviando. Sí, bebo sangre humana. Sin el sustento que me proporciona, me marchitaría; con ella, viviré para siempre. Exacto, para siempre. A menos que sea destruido (y destruir a uno de los Condenados no es cosa fácil, te lo puedo asegurar) los vampiros somos tan inmortales como dice la leyenda. Sólo el sol, y las emociones que engendra, nos está vedado: los vampiros podemos beber en las noches de eras incontables, podemos seguir incólumes mientras todo lo que conocemos se convierte en polvo a nuestro alrededor y es reemplazado por algo que a su vez se desmorona, y así sucesivamente…

Ah, vuelvo a salirme de la cuestión. Sangre, sí, sangre. Puedo sobrevivir con sangre de animales (casi todos podemos, menos los más viejos), pero esta dieta no es agradable. No, todos queremos beber de las mejores cosechas, pues de lo contrario pasamos todo el tiempo con un embotamiento en las tripas que nunca desaparece. Además, diría que se pone peor cuanto más hambre tienes; es probable que un vampiro que haya pasado demasiado tiempo sin alimentarse demuestre falta de autocontrol.

Hay otros indicios fisiológicos que revelan mi condición. Mi corazón no late; basta con la fuerza de mi voluntad para impulsar la sangre por el cuerpo. Mis órganos internos, por lo que sé, llevan mucho tiempo atrofiados y convertidos en simples vestigios. Pero ningún forense llegará a verlo, pues si fuese destruido me descompondría rápidamente en polvo. Mientras tanto, no me afectan molestias como la respiración, las temperaturas extremas y demás. Mi piel está siempre fría, a menos que desee calentarla. Pero eso cuesta un cierto esfuerzo de voluntad y gastar sangre valiosa. La comida corriente me es repulsiva y no aguantaría más de unos segundos en lo que queda de mi estómago. Incluso con la eternidad extendiéndose ante mí, querida, tengo cosas mejores que hacer con mi tiempo que inclinarme sobre la taza del inodoro para vomitar cenizas y bocados sin digerir.

En términos legos, ya no soy humano. A todos los efectos soy simplemente un cadáver andante que se alimenta de sangre, idéntico a cualquier ocupante de una morgue salvo por el hecho de que me muevo. Reservo las delicadezas como calentar mi piel y parpadear para cuando estoy en compañía, como la tuya.

Dame las gracias, querida. Mantenerme con este fresco aspecto de rosa para ti me está constando más de lo que imaginas.

Ah, volvemos a la investigación de sangre, el acto definitorio, si lo hubiese, de mi existencia. Sí, me temo que es una necesidad, aunque puedes dejar viva a la presa. Todo lo que hace falta es un poco de autocontrol y un pequeño esfuerzo para cerrar la herida… y no, no todos bebemos del cuello. Otro cliché que puedes borrar de tu lista. Pero el problema de dejar viva a tu presa es que, a menos que tengas ciertas… protecciones, recuerda lo ocurrido. Estas violaciones de la Mascarada no están bien vistas por los poderes fácticos entre los vampiros. Con frecuencia, limitarse a matar en lo más sencillo.

Fragmento extraído de: Vampiro: La Mascarada




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Sólo pienso en alimentarme




Estaba sentado en la cima de un edificio en una zona abandonada. Siempre estoy aquí cuando el sol matiza, ese extraño color del sol matizando hace que me dé… sed; por eso los mortales que habitaban en esta zona ya no están, porque yo tomé sus patéticas, miserables y deliciosas… vidas; no dejé que ninguno se convirtiera en inmortal, porque no tenían la fuerza que se necesita para convertirse en un ser inmortal, en un vampiro, sería una pérdida de tiempo si dejaba que se transformaran, solo morirían en el intento. 

Un sonido me sacó de mis recuerdos, era mi celular, tenía un mensaje 
de Rachel, esa mortal estúpida y frágil, piensa que yo la amo, solamente porque me he acostado con ella un par de veces, que equivocada está. Quería que fuera al lugar donde nos conocimos, una zona donde se observa la ciudad. 
Llegué a ese lugar, ahí estaba Rachel, ella sabe que soy un vampiro. Sé que hoy me va a pedir que la convierta en uno; porque es eso lo que los humanos quieren, la inmortalidad, la belleza eterna, el secreto de la humanidad.
La luna estaba llena, tenía un resplandor sangriento.

-Ryan, necesito hablar contigo -dijo ella mientras me daba un beso.

-¿Qué quieres? -pregunté y la aparte de mí.-Quiero estar contigo, quiero ser inmortal -sabía que me lo iba a pedir.

-¿Qué te hace pensar que te convertiría en un vampiro? 

-Porque tú me amas y yo te amo, quiero estar contigo por el resto de la eternidad.

-¿Yo te amo? No sabía que te amase -dije con sarcasmo. 

-Sí, tú me amas.


-No seas estúpida Rachel, soy un vampiro no tengo amor.

-Pero yo quiero estar contigo. 

-Eres muy frágil, tu cuerpo no soportaría la transformación.
 

-Pero yo te amo…


-No seas ilusa, solo te tengo por placer. 

-Por favor Ryan transfórmame para estar contigo -empezó a llorar, que patética.


-¿Realmente quieres que te transforme?


- … -ella asintió.Me acerqué a ella - Recuerda que sólo soy un vampiro que piensa… - le susurré al oído, mientras quitaba el cabello que cubría su fino cuello- en alimentarse –clavé mis colmillos sin piedad en su cuello, sólo se escuchó, a la luz sangrienta de la luna, su muerte. Bebí toda su sangre, la solté y cayó al duro suelo su cuerpo muerto.

Contemplé su cuerpo sin vida, que patética era, pensar que yo la amaba, que ilusa. 

Miré la luna y después vi la ciudad, tan brillante, con tantos humanos llenos de sangre, tendré que buscar a otro humano para tratar de saciar mi sed. La sed de un vampiro no se puede saciar por completo, ni bebiendo la sangre de todos los humanos acabaría la sed de un Vampiro.
 

Miré por última vez el cuerpo frío, sin vida, de Rachel y seguí con mi camino a la ciudad.
 

Después de todo, sólo soy un vampiro, un ser monstruoso, un ser de tinieblas que sólo piensa en alimentarse.

Escrito por: Itami Thorn





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Lo he vuelto ha hacer



Lo había vuelto a hacer.


Estaba en una casa conocida, la casa que llevaba habitando los últimos siete meses. Era Navidad, y se notaba en los adornos. En el salón, donde estaba, había un bonito árbol sintético adornado con luces brillantes que se encendían a una hora marcada por un temporizador. Además, tenía cintas brillantes alrededor y este año la familia había comprado nieve sintética para adornarlo más aún. Los colorines rojo, azul y amarillo daban un color acogedor a la casa. La mesa estaba repleta con dulces y pastelillos variados además de otras cosas para picar. El turrón no faltaba, desde luego. Los adornos Navideños estaban por toda la casa, caras y figuras de Papa Noel, figuras de arbolillos, bolas de aguinaldo por todos sitios e incluso un dibujo que el pequeño de la casa había dibujado en clase. Todos los muebles estaban adornados con algún detalle. Además, en el aparato de música habían puesto un CD de villancicos, comprado tiempo atrás, pero que cada año sacaban de la caja de los trastos navideños y volvían a poner para hacer más agradable el estar en la casa.

Todo parecía perfecto, más no lo era. El CD estada en el aparato de música, pero éste estaba parado y, salvo un espeso goteo, el silencio reinaba en el hogar. La comida de la mesa no sería probada por nadie, las figuras eran un recuerdo triste de la época en que estaban, y el dibujo del pequeño Mickey tenía un manchón que cubría la figura de Papa Noel, cargado de regalos, en su carro tirado por Rudolf. Mickey no había conseguido, si bien lo había intentado, un color que reluciera para la nariz de Rudolf. Pero ahora la sangre que empapaba el dibujo la hacía brillar de tal forma, que eclipsaba los ojos apagados y muertos de Mickey.

Las sillas estaban tiradas por el piso, igual que los cuerpos de la familia. La mesa se había librado debido a que estaba junto a la pared. Normalmente se colocaba en el centro del salón, pero debido al ajetreo de esa noche,

Lisa había decidido apartarla para tener más espacio, además, así no la moverían Mickey y Angie al ir a coger pasteles y dulces. Ahora Angie, de tres años, y el cuerpo de su hermano de cinco estaban tirados en el piso.

Lisa estaba en la puerta del salón, con la cabeza aplastada contra el marco y su preciosa cabellera rubia manchada de sangre, y Paul, el padre, estaba enfrente de la misma con el pecho abierto en canal.

Él estaba sentado en la única silla que quedaba en pié, al lado de la ventana que daba a la calle. Entre las manos tenía la cabeza de Mickey, cuyo goteo era el único sonido del interior de la casa, y la miraba con una mezcla de pena y furia mientras la peinaba con la mano. Pena por lo que había hecho, furia porque estaba mirando a su fracaso y este le devolvía la mirada desde los ojos muertos del niño.

Siete meses antes había llegado a la ciudad. Acababa de marcharse de Nueva York, de donde tenía buenos recuerdos empañados todos por el brusco final de su estancia en la ciudad. Llegaba con la esperanza de encontrar un nuevo hogar, y lo había encontrado en los barrios residenciales.

La primera noche que los vio estaban llegando a la casa. Parecía que llegaban de una fiesta, la pequeña Angie estaba dormida en los brazos de su madre, y si bien Mickey estaba despierto, se hacía el dormido para que su padre lo llevase hasta su cama. Cuando todos hubieron entrado en la casa, él se acercó. Estuvo espiándoles, vio a Paul y a Lisa subir las escaleras, bajar de nuevo sin los niños, besarse y sonreírse como si estuvieran de noviazgo…

Lisa parecía encantada con la vida de casada, y Paul también, aunque algo cansado. Ya entonces lo había visto, pero cerró los ojos. Suponía que Lisa también, o eso o estaba tan bien que no lo notaba.

A partir de entonces estuvo espiándoles todas las noches. Se coló en la casa, cosa no muy difícil cuando eras un Condenado de su estirpe. Se buscó un lugar dentro donde poder dormir durante el día, el sótano estaba bien ya que Paul apenas tenía tiempo o ganas de trabajar con las herramientas que guardaba allí, y por las noches salía de su escondrijo para interesarse por la vida de su familia.

Así los consideraba, su familia. Se pasaba las noches mirando a Angie y a Mickey embobado, buscaba cualquier cosa que perdían y lo dejaba en sitios visibles (Mickey decía que había un duende que cuidaba de sus cosas), gozaba cuando Lisa y Paul se ponían románticos, e incluso llegó a rebuscar entre las fotos de familia y a tratar de imaginar cómo fue esa época de su vida. Lisa tenía la costumbre de cerrar todas las puertas de la casa, excepto los de los dormitorios y el cuarto de baño, cuando salían todos juntos o era de noche. Aquello dificultaba un poco sus paseos nocturnos, pero debido a que no solía pasear más que por los cuartos y su habilidad para deslizarse por cualquier parte no solía ser mucho problema. Cuando tenía que alimentarse, siempre procuraba hacerlo de manera que hiciera el menor daño posible a cada uno. Y si bien alguna vez habían estado algo enfermos por su culpa, siempre había sido algo leve. Cualquiera que hubiera tratado de hacerles daño tendría que pasar por encima suyo.

Todo fue bien durante cinco meses, después empezaron los problemas. A pesar de todo, no vinieron de fuera, sino de dentro. Paul apenas intentaba estar con la familia y parecía tener todo el tiempo ocupado con su trabajo, y Lisa empezó a bajar de su nube para darse cuenta de que algo no iba bien. Los niños vivían en su mundo, demasiado pequeños tal vez para darse cuenta de algo. Paul llegaba cada vez más tarde, y al cabo de un mes, Lisa empezó a dejar de esperarle despierta. Al sexto mes, Paul empezó a pasar algunas noches fuera. A la semana de hacerlo él le siguió, aprovechando que había ido a cenar a la casa, al parecer para tratar de que los niños le vieran en ella. Cuando Paul arrancó, él ya estaba dentro del coche. Cuando aparcó y salió, él salió también. Paul se asustó al ver salir de su coche un murciélago, pero luego se atusó el cabello castaño, rebuscó dentro por si había algún otro bicho, y dejó el coche aparcado para dirigirse a un edificio de apartamentos.

Estaban lejos de la zona residencial desde luego, y no parecía que en el edificio fuera el sitio donde iba a trabajar un abogado. Paul entró en el edificio y directamente se fue a un apartamento concreto, ya había estado antes. Por lo que pudo ver, una mujer en camisón le abrió la puerta y le dejó pasar sin decir nada. Podía haber entrado en la habitación, pero no lo hizo. Esperó y esperó hasta que, dos horas y media más tarde, Paul salió y se dirigió al coche. Sintió deseos de haber entrado en el lugar, de haberle echado en cara el daño que le hacía a su esposa, del daño que estaba haciéndole a sus hijos. Y del daño que le hacía a él. Era su familia, hubiera hecho cualquier cosa por ellos, por protegerlos, y él pagaba a su fiel esposa de esa manera. No, no lo iba a permitir.

No permitiría que destruyese todo lo que tenía solo por aquella ramera. Si la eliminaba, eliminaría el problema. Ella se había buscado el problema, liándose con un hombre casado. Se había acercado a la puerta y tocó de manera rápida y fuerte. Notaba la Bestia gruñendo, pidiéndole que destrozase la puerta sin necesidad de interludios.

Aunque pedía sangre, no era la necesidad, se había alimentado la noche antes, era la ira lo que la impulsaba, y con ella a él. Mientras esperaba pensaba en lo que perdería si no hacía algo, tratando de auto convencerse, debía de expulsarla de allí. Cuando ella abrió la puerta, manteniendo cautelosamente la cadenilla puesta en la puerta, la miró fijamente. Tenía puesto el mismo camisón que le había visto cuando Paul entró, era una mujer pequeña, voluptuosa y de pelo negro. De hecho, no era casi una mujer, debía de tener 19 años como mucho. Se lo quedó mirando y preguntó quién era. Cuando le dijo que le abriese la puerta, la chica se quedó quieta un instante, arqueando una ceja, y luego se dispuso a cerrar la puerta.

Entonces él volvió a hablar alzando la voz y el tono – “Abre” – y ella no pudo hacer más que lo que le dijo, fechando la puerta y quitando la cadenilla antes de abrirla de nuevo. Ella se quedó extrañada, preguntándose por que le había abierto a ese extraño. El piso era pequeño y no parecía desordenado, en una silla podía ver una chaqueta de instituto. Era eso por lo que Paul estaba dejando de lado a la familia, por una puta universitaria. Ella se echó a correr hacia una habitación, pero él fue más rápido. Al cruzar una puerta la agarró por el cuello y la empujó contra una pequeña mesa de la habitación contigua, golpeándose la cabeza y quedando inconsciente. Además, empezó a sangrar por el golpe con la mesilla. Luego miró la habitación, era el dormitorio. Al parecer había ido a encerrarse en el, probablemente para tratar de llamar a la policía desde el teléfono que tenía en la mesilla de noche.

Se quedó dudando unos instantes, pensando que hacer, hasta que finalmente había optado por hacer lo mejor para su familia. Lo quisiera Paul o no, la familia permanecería unida.

A ella la cogió y la llevó hasta el pequeño baño. Una vez allí, le metió la cabeza en la ducha y la asfixió tapándole la boca y la nariz. Ella al principio se movió poco. Luego respondió y despertó, tratando de gritar y dándole patadas para zafarse, pero su fuerza era demasiado grande y se había apoyado bien encima suya. Había recurrido a los pensamientos de su familia entonces, para hacerlo menos difícil. No era un asesino después de todo, o eso le gustaba pensar. A pesar de ello, no pudo apartar la mirada. Aún recordaba la mirada de la chica, terriblemente asustada, tratando de forcejear. Apenas le había dado tiempo a derramar unas lágrimas antes de morir.

Después la dejó ahí para que la sangre cayese por el desagüe. Había cogido la ropa de la chica, así como gran parte de sus cosas (que no eran muchas), y las había metido en varias bolsas de basura. Luego bajó a la calle y las tiró en sitios separados. El camión llegaría por la mañana y se llevaría todo.

Cuando había acabado, solo quedaba el cuerpo, unas mantas y el poco dinero que tenía. Dejaría algo en el piso, como pago, así el dueño no diría nada. El resto igual le servía más adelante. Luego cogió el cuerpo de la chica - pensaba que tal vez pudiera colocarlo de manera que pudiese meterlo en la bolsa- pero había tardado demasiado.

Tuvo que cortarlo en pedazos -no era la primera vez que hacía algo parecido, ya lo había hecho en una ocasión, pero esta era la primera que lo hacía él solo. En aquella ocasión, había sido con aquel que le había convertido en lo que era. Esa primera vez, se horrorizó no solo por el hecho, sino también por la calmada frialdad con que su sire llevaba a cabo el acto. Aquello le llevó tiempo, la sangre empezó a correr al mismo tiempo que él empezó a notar a la bestia presionarle. De repente lo vio todo rojo, todo era sangre. No pensaba con claridad… Se obligó a mover la cabeza, a mirar hacia arriba, a las paredes. Tuvo que estar un rato antes de que pudiese notar que lo que veía era blanco, estaba mirando al techo, con la cabeza ladeada. Entonces pudo retomar de nuevo su faena.

Cada poco tiempo tenía que volver a quitar la vista para poder pensar con claridad.

Acabó antes de que se le hiciera tarde y guardó los pedazos en una bolsa grande. Después, utilizando la cochambrosa escalera de incendios, salió a la calle con la bolsa a cuestas. Una vez fuera, y habiéndose deshecho de la bolsa en el alcantarillado, le resultó agradable el paseo nocturno. Con suerte, las ratas darían cuenta del cadáver y no tendría que preocuparse cuando encontrasen lo que pudiera quedar.

Esa noche lo había visto todo claro, lo había arreglado todo él solo. Había mantenido a su familia unida, y si bien guardaba alguna duda sobre el futuro comportamiento de Paul, lo acalló diciéndose que cuando viese que su amante se había marchado sin más, volvería en sí al respecto de cuidar de los suyos.

La cafetería estaba casi vacía. La gente solía estar a esas horas en su casa, con sus familias o amigos, pero siempre había alguien de camino, sin familia o amigos a los que visitar… o sin querer hacerlo.

Ese era el caso de Paul. Estaba en la mesa al lado de la ventana con su café humeante y su chaleco marrón apagado, húmedo por el frió de la calle. No llamaba mucho la atención en el local, una pequeña cafetería de una gasolinera con los mismos adornos de todos los años que indicaban que era Navidad, y solo su edad y el que no fuera obeso le diferenciaba de los otros dos clientes del local, un par de camioneros cincuentones. Su pelo rubio estaba revuelto y parecía preocupado. De hecho llevaba así las últimas tres semanas, tal vez pensando en su futuro, y en el de su mujer y sus hijos. Después de que su amante desapareciese sin más, y que él se viera incapaz de encontrarla, había seguido saliendo de casa por las noches. Al principio volvía al piso de esta, pero luego empezó a vagar sin más.

Él lo había seguido durante esas últimas noches, había supuesto que al principio seguiría saliendo, pero pensó que una vez se percatase de que ella no iba a volver simplemente volvería a casa a su vida normal. Ahora veía su error, Paul se distanciaba de la familia, pero no era solo culpa de aquella universitaria, sino también de Paul.

Fuera lo que fuese lo que le preocupaba, estaba dañando a la familia, a su familia. Esa noche había decidido terminar con el problema, lo averiguaría de boca del propio Paul o, si era él el problema, se desharía del mismo.

En eso último no había pensado demasiado, quería pensar que se trataba de algún problema económico, o de cualquier otro tipo, pero si tenía que eliminarlo y ocupar su lugar, lo haría. ¿Eso buscaba, ocupar su lugar? No, se dijo. Si pasaba algo sería culpa del propio Paul, como lo había sido la muerte de aquella chica. Al final decidió dejar de darle vueltas fuera de la cafetería y entrar.

Al principio Paul ni reparó en él, se pidió un café, pagó y se acercó a su misma mesa. Hasta que no dejó su tasa en la mesa Paul no levantó la mirada de su café.

- ¿Está ocupado? –

Paul se lo quedó mirando un instante, pero luego hizo un gesto negativo con la cabeza y volvió a centrarse en su café preparándose para bebérselo y marcharse antes de que pudiera empezar una conversación. A pesar de todo, una vez empezó a hablar de cosas insustanciales (el tiempo, el café, los últimos delitos en la zona) se le hizo difícil no compartir su opinión con él.

Al poco rato de la conversación salió el tema de la familia. Paul dijo que su mujer se había preocupado últimamente por su tardanza en llegar a casa, debido a la delincuencia, y él preguntó que si tenía familia que estaba haciendo allí en esa noche. Paul se quedó pensativo, él pensaba que lo había conseguido, Paul se daría cuenta de lo que estaba haciendo volvería a casa y todo volvería a ser como hace unos meses.

Entonces Paul se giró, levantó la mirada hacia la barra, y dijo en voz baja:

- Estoy pensando en separarme. –

Él había pensado que lo estaba haciendo bien hasta el momento, estaba nervioso, pero conseguía evitar que se le notase. Se había pensado muy bien cómo encarar el tema de manera que no se le notara demasiado el interés sobre él, y de repente todos sus esquemas se caían y no importaban. La posibilidad en que no había querido pensar había estallado delante de él sin más, sin que pudiera evitarlo. ¿Cómo podía Paul decir que pensaba dejar a Lisa? ¿Cómo podía dejarla después de lo que ella había hecho y hacía por él y los niños? ¿Acaso había pensado en ellos siquiera?

Paul había seguido hablando, pero él ya no se estaba enterando de lo que decía. Los pensamientos se le agolpaban y solo pensaba en que tenía que ser un error, que después de todo no podía pasar eso, y que era todo culpa de Paul.

- ¿Cómo puedes hacerle esto a Lisa? –

La pregunta le salió sin más, con voz ronca y baja, y pareció sorprenderse tanto él como Paul al escucharla.

Paul se levantó de la mesa, se le quedó mirando y le preguntó quién era, el intentó explicarse y acusarle a la vez, pero solo le salían balbuceos. Paul le preguntó que si estaba trabajando para Lisa al tiempo que elevaba la voz y empezaba a marcharse del local. Al intentar seguirle, uno de los dos cincuentones se le puso delante, cortándole el paso. Parecía estar diciéndole que se calmase, pero él estaba llamando a gritos a Paul que se marchaba y, al ver que le impedía llegar hasta este, le empujó tirándole encima de una de las mesas. El otro tipo de la barra fue a ayudar a su compañero mientras él salía a toda prisa, pero Paul ya había arrancado y no había podido detenerlo.

Después de alzar el vuelo, llegar a la casa antes que Paul fue fácil. Al llegar las luces estaban apagadas, así que Lisa y los chicos debían de haberse acostado. Al entrar sin hacer ruido la casa le pareció rara, pero no tenía tiempo de pensar en ello, debía pensar que decirle o hacer con Paul antes de que llegase y pusiera fin a todo lo que había sido su vida aquí. Tal vez eso era, todo eso se estaba acabando. No, se dijo, pondría fin a la vida de Paul antes de que este acabase con su familia. Él se encargaría luego de cuidar de Lisa y los niños. Sería difícil, pero podía hacer desaparecer a Paul, ya lo había hecho con aquella desgraciada universitaria. Si, cuando llegase, lo esperaría en la cocina, luego acabaría con él antes de que pudiera hacer ruido alguno y se lo llevaría de allí. Lisa ya empezaba a notar algo después de todo, seguro que imaginaba que había otra.

Cuando un coche aparcó en frente de la casa, él se preparó. Estaba dispuesto a acabar con el problema de una vez, esta vez sí que lo solucionaría todo. Cuando entró en la casa, se preparó para utilizar toda su fuerza en un solo golpe. Paul abrió la puerta, entró y cerró detrás de él algo molesto, aunque sin dar el golpe que, por un momento, temió que pudiese despertar a Lisa. Él estaba oculto dentro de un pequeño armario que tenían en la entrada, de manera que cuando Paul se fue directo al salón para subir desde allí a su habitación, quedó de espaldas a su asesino. No tenía intención de dejarle cruzar la puerta siquiera, pero algo en el último momento le dijo que había algo mal, algo en la casa.

Cuando Paul cogió la puerta, él dudó dándole tiempo a abrirla. Entonces justo cuando levantó la mano para acabar todo de una vez, se encendió la luz contigua. No había sido Paul, que se sobresaltó casi tanto como él, sino Lisa y los niños que estaban diciendo “Feliz Navidad” en el salón. Mickey y Angie se acercaron a su padre y le abrazaron agarrándole de las perneras del pantalón. Lisa en cambio se quedó extrañada mirándole a él. Paul sonrió a los niños, pero luego miró más serio a Lisa. Él no sabía dónde meterse, y cuando Paul se dio cuenta de que Lisa miraba detrás de él y se giró, y fuera de sí empezó a gritarle a él y a Lisa. Angie y Mickey se fueron con Lisa que los llamaba, pero él no se estaba enterando de lo que le estaba diciendo.

Todo había acabado, su error de esa noche le estaba costando su familia. ¿Cómo había llegado a esto? ¿Era culpa suya? No, él había hecho todo lo posible por que todo fuera bien en la familia, la familia que Paul se esforzaba en romper. ¿Era eso, culpa de Paul? ¿Debió acabar con él semanas antes? Ahora lo estaba estropeando todo, acusaba a Lisa, asustaba a los niños y le estaba empujando. No sabía que decir, los niños empezaron a llorar, Lisa decía que no le conocía y Paul le estaba insultando y volvía a empujarle…

Sangre, al final todo lo que le quedaba era sangre. Un enorme charco de sangre.

Lo había vuelto a hacer. Igual que la otra vez en Nueva York, aunque en esa ocasión, fuera culpa de otros.

Esta vez no estaba seguro de por qué había sido. Soltó la cabeza de Mickey que resbaló de sus manos y cayó con un sonido húmedo al piso, y miró a la calle por la ventana. Su reflejo le devolvía la mirada, el reflejo tenue que siempre aparece en los cristales, aunque ahora difícilmente podía empañarlos con su aliento o respiración. El coche de Paul seguía ahí quieto, las llaves estaban en el piso, las soltó en algún momento durante la pelea, “masacre más bien” pensó. Tal vez debería utilizarlas para marcharse de la ciudad, si otros se enteraban de lo sucedido podría meterse en problemas.

Pero no había sido su culpa, había hecho todo lo posible por que todo fuera bien, aunque a ellos de poco consuelo les valía ahora. La culpa había sido de Paul, pero había algo más, era también su culpa. Su culpa por no eliminar el verdadero problema antes. El verdadero problema era Paul, si no hubiera sido tan débil lo hubiera visto venir, podría haber ocupado su sitio sin muchos problemas una vez lo hubiera hecho desaparecer. Si lo hubiera hecho así, tal vez Lisa, Mickey y Angie estuvieran vivos. Se relajó un poco pensando en cómo podía haber sido aquello. Luego se levantó de la silla, recogió las llaves del coche, dio un beso de despedida a Lisa, Mickey y Angie y salió de la casa hacia el coche. Se secó la sangre de las manos en su chaqueta marrón, abrió la puerta y entró.

Una vez llegase a la salida de la ciudad, tal vez se le ocurriría hacia donde ir…







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